Tentación y primer pecado

Tentación y primer pecado

La serpiente era la más astuta de todos los animales salvajes que había en el Edén. La serpiente le preguntó a la mujer: “¿Así que Dios les ha dicho que no coman fruta de ningún árbol del jardín?” La mujer le contestó: “Podemos comer los frutos de cualquier árbol, menos del árbol que está en medio del jardín. Dios nos dijo que no podemos comer ni tocar los frutos de ese árbol, porque si lo hacemos vamos a morir.”

La serpiente le dijo a la mujer: “No es cierto. No morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de la fruta de ese árbol van a tener entendimiento para saber lo que es bueno y lo que es malo y que entonces serán como Dios”. En las palabras de la serpiente se descubre la gran mentira. Pero Adán y Eva, ellos, quieren ser “dioses.”

A continuación veremos el proceso de la tentación y el primer pecado. La mujer percibe el fruto del árbol de la ciencia y del mal como una fruta hermosa y agradable para comer y comió de la fruta y no se murió. Le dio a comer a Adán y éste comió, también. Ellos, influenciados por la palabra de la serpiente, esperaban llegar a tener entendimiento y sabiduría y ser como “dioses”.

En ese momento se les abrieron los ojos y los dos se dieron cuenta de que estaban desnudos y les entró vergüenza verse así el uno frente al otro. Entonces buscaron hojas para taparse y cubrirse. ¿Qué les había sucedido? ¿Por qué esa reacción? Habían desobedecido el mandato del Señor.

Se sintieron solos y comenzaron a desconfiar. El proceso de Adán y Eva se inicia con la desobediencia y ésta les trae una gran desilusión. No ganan sabiduría ni tampoco adquieren discernimiento sobre el bien y el mal. Muy al contrario, les trae confusión. Engañados por la serpiente ¿qué pueden esperar?

¿Cuántas veces hemos sido engañados por falsas promesas? ¿Dónde está la verdad? Hay que buscar la verdadera sabiduría, no la de este mundo que es pasajera, falaz y traicionera. La verdadera sabiduría consiste en conocer a Dios y a su Hijo, Jesucristo, enviado por el Padre para nuestra salvación. Pongamos nuestra confianza en quien nos puede salvar gratuitamente, pero a cambio de nuestra humildad, sinceridad y confianza en Jesús, el verdadero Mesías y Redentor.

¡Ven, Señor! ¡Ven pronto, Señor! ¡Ayúdanos a despejar toda duda! ¡Sálvanos, Señor!