Reflexión sobre la Parábola del Buen Samaritano desde el punto de vista católico
La parábola del buen samaritano, narrada en el Evangelio según San Lucas, es una de las enseñanzas más profundas y universales de Jesucristo. A través de esta historia, el Señor nos invita a reflexionar sobre el verdadero significado del amor al prójimo y la esencia de la misericordia.

En la narrativa, un hombre es asaltado y dejado al borde de la muerte. Mientras yace herido, varias personas pasan junto a él. Sorprendentemente, quienes deberían haber mostrado compasión, un sacerdote y un levita, eligen ignorarlo. Es un samaritano, considerado enemigo de los judíos, quien se detiene, cuida de sus heridas y se asegura de su bienestar.
Esta parábola es especialmente relevante para la comunidad católica y, en particular, para las Siervas de María de las Antillas, Ministras de los Enfermos. La historia nos recuerda que el amor y la compasión no deben conocer fronteras, y que cada persona, independientemente de su origen, religión o condición, es un hijo de Dios y merece ser tratado con dignidad y respeto.
El buen samaritano no solo vio al hombre herido como un prójimo, sino que también reconoció en él la presencia de Cristo. Como católicos, estamos llamados a ver a Cristo en cada persona, especialmente en los más vulnerables y necesitados. Las Siervas de María, en su misión de cuidar a los enfermos, encarnan este mensaje, sirviendo con amor y devoción a aquellos que sufren.
La elección de Jesús de un samaritano como héroe de la historia es deliberada. Nos desafía a romper barreras y prejuicios, a amar incondicionalmente y a actuar con misericordia. En un mundo donde a menudo se nos anima a dividir y categorizar a las personas, la parábola nos recuerda que el amor de Dios es universal y que todos somos hermanos y hermanas en Cristo.
La acción del samaritano también nos enseña sobre la naturaleza sacrificial del amor. No solo cuidó al hombre herido, sino que también pagó por su alojamiento y prometió regresar para asegurarse de su recuperación. Este acto de generosidad refleja el amor sacrificial de Cristo en la cruz y nos llama a dar generosamente de nosotros mismos por el bien de los demás.
Finalmente, la parábola del buen samaritano es una invitación a la acción. No basta con escuchar la palabra de Dios; debemos ponerla en práctica. Cada día, nos encontramos con personas que necesitan nuestra ayuda, comprensión y amor. Al responder a estas necesidades con un corazón abierto y compasivo, vivimos el Evangelio y nos acercamos más a Cristo.