Agustín quiere decir bendecido o que estaba consagrado a Dios. Nació en Tagaste, norte de África, en el año 354, hijo de Patricio y Mónica. Su padre, Patricio, era pagano y de temperamento violento, Mónica era una fervorosa católica y gran santa. Tuvo dos hermanos, Navigio, gran amigo suyo durante toda la vida y una hermana que fue la primera religiosa en África.
Agustín poseía una inteligencia envidiable y memoria portentosa, pero lo único que le gusta era jugar y divertirse Sus padres, en varias ocasiones, lo castigaron por esa conducta. Lo enviaron a estudiar a Cartago. Eso sí, era el primero en las lecciones y sobresalía en las declamaciones, pero su comportamiento fuera del salón de clases no era sano; muchos noviazgos y hasta los 32 año su existencia era una cadena continua de faltas y de miserias morales.
Cuando era joven tuvo una grave enfermedad, y ante el temor de la muerte, se hizo instruir en la religión con el propósito de bautizarse. Pero apenas recobró la salud, se le olvidaron sus buenos propósitos y siguió siendo pagano. Leyó la obra “Hortensio” de Cicerón y se convenció de que cada cual vale por lo que es y por lo que piensa y no por lo que tiene.
Su vida tuvo un cambio para mal porque ingresó en la secta de los “maniqueos” que decían que el mundo lo había hecho el diablo. Se fue a vivir en unión libre con una muchacha y con ella tuvo un hijo al cual llamó “Adeodato”” que significa (Dios me lo ha dado). Al terminar sus estudios en Cartago regresó a Tagaste, pero Mónica, su santa madre, no aceptó que su hijo Agustín viviera en unión libre y repitiera las herejías de los maniqueos y por eso lo echó de la casa.
Las lecturas de las obras filosóficas de Platón le ayudaron a darse cuenta que la persona humana vale mucho más por su espíritu que por su cuerpo y lo más importante es esmerarse en formar y fortalecer el espíritu y la mente. La lectura de la Biblia le desilusionó porque le pareció un libro muy sencillo y que no tenía estilo literario atractivo. Dejó de leerla porque no le satisfacía su orgullo ni llenaba su vanidad. Durante 9 años se dedicó a dar clases con notable éxito. Luego dispuso viajar a Roma a enseñar en esa capital.
Mónica, la mamá, temió que Agustín se extraviase por completo en Roma y decidió acompañarlo en su viaje. Agustín deseaba viajar solo y la engaño. El día de la partida envió a su mamá a rezar a una Iglesia y mientras tanto Agustín subió al barco que partió enseguida. Mónica no se desanimó y viajó después en otro barco. Llegó a Roma y descubrió que Agustín se había ido a Milán porque en Roma sus alumnos no pagaban por sus enseñanzas. Mónica llegó a Milán más tarde.
San Ambrosio era obispo de Milán, sabio famoso, líder espiritual indiscutible, gran orador y escritor brillantísimo. Desde el primer momento el joven Agustín se sintió deslumbrado por la sabiduría del obispo y empezó a no faltar a ninguno de sus sermones porque su modo de pensar y de vivir empezó a transformarse.
Un día, Agustín, mientras paseaba, empezó a escuchar que en una casa vecina unos niños jugaban y repetían muchas veces esta frase: “!Abra y lea! ¡Abra y lea!” Él no recordaba nunca haber oído repetir esa frase en un juego y considero aquello un aviso de Dios. Entró a su casa, abrió el primer libro que encontró a mano: la Biblia y abrió y leyó: “Portémonos no como quien está en tinieblas y oscuridad, sino como quien obra a pleno día y a plena duz. Comportémonos de la manera mas digna posible. Nada de impureza, ni de vicios, ni excesos de ninguna clase. No nos dejemos dominar por la carne y sus concupiscencias”. (Rom, 13, 13)
Aquello fue un relámpago en su cerebro. Empezó a llorar y se dio cuenta que su comportamiento, hasta entonces, había sido todo lo contrario de lo que Dios mandaba y que era necesario empezar una vida totalmente nueva y distinta de la anterior. Tenía 32 años.
Conversión: Despachó hacia el África a la madre de su hijo Adeodato y nunca mas se volverá a encontrar con ella. Abandonó los juegos de azar y las fiestas mundanas. Quemó los libros de los maniqueos. Se dedicó con entusiasmo a prepararse para hacerse bautizar. En la pascua del año 387, el gran Arzobispo de Milán bautizó a Agustín, a su amigo Alipio y a su hijo Adeodato que tenía 15 años.
Su madre, Mónica, no se cambiaba por nadie porque había logrado lo que más anhelaba en su vida: la conversión de su hijo. Entonces en el viaje de regreso hacia el África, en el puerto de Ostia, llamó a su y dijo emocionada: “¿Ya qué me queda esperar en esta vida? Le logrado lo que más deseaba, verte cristiano católico”. Y expiró en sus brazos dulcemente. Agustín la lloró amargamente.